miércoles, 18 de abril de 2012

Dieta literaria, II

Muchos de los niños de mi generación nos lanzamos a la lectura con los libros de Enid Blyton. Hace años que no los releo, pero imagino que no han envejecido bien. Como dice la Wikipedia,  son un tipo de literatura que no alimenta y engorda.
Una de las cosas que ya en mi infancia me parecía rarísima era que las chicas de los internados se levantaran en plena noche para celebrar fiestas clandestinas en las que, básicamente, se dedicaban a comer cosas tan prosaicas como sardinas en lata, tomates y naranjas. Las más atrevidas sacaban un hornillo y freían salchichas.
¿Tanta hambre tenían? Ya en mi época a mí no me levantaban de la cama ni por uno de esos calóricos postres lácteos que ahora inundan los supermercados y entonces se traían de Andorra. Y mis hijas no se despiertan aunque entre Ferran Adrià en la habitación tocando el trombón.
Debemos suponer que, aunque Enid Blyton escribió esas novelas entre los años cuarenta y sesenta, probablemente los tres primeros productos eran importados y todavía quedaban recuerdos muy vivos de una posguerra de escasez.
Y ayer decían las noticias que el Reino Unido es el país europeo con más obesos y va a tener que tomar medidas para atajar esa epidemia, tan letal como el tabaco.

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