Al terminar la Guerra Civil, mi abuela (sí, esa que también había sido traductora) puso todo su empeño en comprar "una caseta amb hortet". Tal vez su aspiración estuviera inspirada en Francesc Macià, que quería que todos los catalanes pudieran llegar a tener una casa con un huertecillo, pero yo la imagino más como Escarlata O'Hara, alzando el puño al cielo y poniendo a Dios por testigo de que nunca volvería a pasar hambre.
Y así resultó que sus hijos y todavía ahora sus nietos podemos disfrutar de verduras frescas durante casi todo el año. El producto no es tan biológico como desearíamos, ya que es casi imposible controlar la afición a la química de quienes las cultivan, pero sí es fresquísimo.
Por ese motivo en mi familia la verdura siempre se ha cocido del modo más natural posible.
Y si podéis conseguir verdura rica y fresca, en mi opinión no hay mejor manera:
- Una olla muy grande con muuuuucha agua.
- Sal en proporción al tamaño de la olla.
- Se limpia la verdura (judías, guisantes, alcachofas, acelgas...), se echa en la olla cuando hierve a borbotones y se cuece lo menos posible. "Al dente", decía Vázquez Montalbán en una de sus novelas. Como el punto de cocción es muy variable y también depende del diente de cada cual, lo mejor es ir probando. Pero a mí me gustan duritas.
- Y se comen aliñadas con aceite y vinagre. En el caso de los guisantes tiernos, están deliciosos si se pone una buena cantidad de mantequilla en el plato, se tapa bien con los guisantes y se deja fundir con el calorcito.
No hay espectáculo más triste que un plato lleno de verduras amarillentas que han cocido largo rato y terminan acompañadas de ajo o cualquier otro condimento que les quite el sabor.
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