Mi abuela tenía unas primorosas libretas de recetas (de las que hablaré algún día) bien encuadernadas, forradas con tela y con el rótulo en punto de cruz. Por supuesto, escritas con una preciosa caligrafía (que soy incapaz de entender).
Y casi todos los aficionados a la cocina que conozco tienen libros, libretas, cuadernos y carpetas con recortes de aquí y allá, llenos de grasa y churretones.
Antes de que el ordenador sustituyera mi libreta por completo, llegué a la conclusión de que lo más práctico (porque soy una persona tan práctica como los padres de Tesoro, los inefables Meagles de
La pequeña Dorrit) era esto:
Una libreta de anillas con fundas de plástico en las que puedo poner recortes de todo tipo, incluso notas que me escribió mi madre en una agenda, y guardarlos sin que se ensucien.
Que es mucho menos elegante que lo de mi abuela pero infinítamente más
práctico.
Siempre he dicho que si se hiciera un caldo con mi ejemplar de 1080 recetas de cocina (2ª edición), estaría buenísimo.
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